Gloria Quintero Rojas

LAS REPRESENTACIONES DEL PODER EN LA EDAD MEDIA

                                                                                                                                                                        

                                                                                              Gloria Eugenia Quintero Rojas

Intento  aproximarme a ese entramado mundo de las  representaciones del poder.  Mas allá del control de las instituciones, más allá del poder coercitivo, más allá de la actividad económica que controla el capital,  está el juego de las representaciones, de los simbolismos,  de los imaginarios.  Son estos elementos los que pretendo resaltar como sostén del poder político en el contexto medieval y más precisamente en la baja Edad Media,  en lo que podría entenderse como los albores del mundo moderno.

En la Alta Edad Media,  al extinguirse la dinastía carolingia, época en la cual el poder real no era más que nominal       -ante la usurpación de los  poderes señoriales-,  es decir,  en el llamado orden feudal;  los señores territoriales                 – verdaderos reyes de sus territorios -, se reúnen y eligen a uno de ellos para  ocupar el lugar del rey y  llenar el vacío dejado por la inexistente dinastía carolingia.   Para ese momento el rey era solo un referente, una  idea, un pasado.  Su poder se había diluido en múltiples poderes señoriales y él quedó relegado a la categoría de un señor territorial más.

De esta manera fue  eligidó  Hugo Capeto,  como  rey de  Francia en el año 987 por sus pares, para que gobernara   una de  las tres partes  en las que se había dividido el  antiguo Imperio Carolingio

fracmentacion del imperio carolingio

En el Año 843, los nietos de Carlomagno firmaron el tratado de Verdún, con el cual se dividieron el imperio a la usanza del derecho consuetudinario Germano

 

Indudablemente Hugo Capeto,   debía tener un gran reconocimiento de los otros príncipes cuando fue elevado a tan alta dignidad.  Pero mi interés no es encontrar las cualidades de Hugo Capeto, mi interés es saber       ¿por qué elegir a un rey que supone una jerarquía superior, una dignidad mayor, que r equiere no solo reconocimiento sino también sumisión,  que está investido de autoridad, es decir, que va ha estar por encima de ellos,  en un momento en el cual los señores eran completamente autónomos en sus territorios?

Los señores eran verdaderos reyes, eran soberanos en los territorios por ellos dominados, su autoridad no era cuestionada;  ¿por qué la necesidad de darle vida a una figura completamente inactiva e ineficaz?  Las respuestas solo pueden encontrarse en el imaginario medieval,  en el juego de las representaciones.

Hugo Capeto, Rey de Francia (987-996)

La monarquía no era solo  un poder político, era también  un símbolo revestido de          sacralidad,  encarnada en un hombre magnificado, no por lo que era, sino por lo que se    pensaba que era.  No fueron necesariamente los atributos personales de los monarcas los que  le imprimieron la fuerza de los sentimientos que provocaron,  podría aventurarme a afirmar    que la evocación, la nostalgia de un pasado o la problematizada “memoria colectiva” están tras   de esta “necesidad” de autoridad.

Si bien es cierto que  el monarca feudal esta supeditado a sus pares, que su autoridad esta  supeditada al consentimiento de los feudatarios, que debía actuar bajo consulta y acuerdo con estos, también es cierto, que el rey medieval tiene otra faceta, esta faceta es la teocrática, según la cual el poder le viene de Dios.

Esta faceta teocrática del rey Feudal – qué sirvió de base en la construcción de las monarquías absolutistas -, remite a la concepción dual del universo planteada por los griegos y retomada desde el siglo V por el cristianismo. El papa  Gelasio (492-496), se refiere a un orden natural divino que  opone cielo y tierra, cuerpo y alma, poderosos y débiles, en el que  la subordinación, la desigualdad, la jerarquización, son lo propio en todos los aspectos de la vida.

 

“Lo que gobierna principalmente el mundo es doble, la autoridad sagrada de los pontífices y el poder real.  Dos personas, dos papeles; dos campos de acción; dos órdenes que la modestia debe distinguir…Dos oficios, autónomos y solidarios; los emperadores tienen necesidad de los obispos para su salvación eterna; los obispos esperan que los emperadores instauren la paz. Sin embargo, no son iguales en absoluto; las dos palabras elegidas para designar a cada uno de estos dos poderes, auctoritas, potestad, ponen en evidencia la jerarquía. Ésta encuentra su explicación en la orientación del universo que coloca el cielo en lo alto y la tierra en lo bajo, instituyendo la superioridad del sacerdocio”.[1]

Se trata de una estructura binaria organizada entorno al poder: poder espiritual – poder temporal, autoridad  sagrada- autoridad terrenal.

“La creación no puede ser gobernada en la igualdad nos lo muestra el ejemplo de las milicias celestes: existen ángeles, arcángeles que evidentemente no son iguales, diferenciándose unos de otros en poder (potestad) y en orden (ordo)”.[2]

San Agustín se había referido también a la desigualdad en la tierra, en términos de una natural conducción de unos hombres a otros, en un gran desfile por la vida. La necesidad de un guía para no perderse en el camino que indudablemente debe conducir a Dios, partiendo de un guía inicial que es Cristo.

“En la iglesia se establece un ordo, unos vienen primero, otros después y estos últimos imitan a los primeros. Pero aquellos que dan el ejemplo a los que vienen detrás, ¿a quiénes siguen? Si no siguen a nadie se extravían. También siguen a alguien y ese alguien es Cristo en persona”.[3]

Los primeros en seguir a Cristo son los sacerdotes distribuidos según sus dignidades, Ellos son según san Agustín, los encargados de imitar a Cristo y guiar a la humanidad, por ser los mas virtuosos, los mejores y por consiguiente los poderosos.  Si hay poderosos hay débiles, hay quienes mandan y quienes obedecen

“la paz es la ordenada concordia entre los que mandan y los que obedecen”.[4]

San agustin la Ciudad de Dios edición de 1614 en español

De otra parte, Gregorio Magno (papa de Roma 590-604), también  sustenta la desigualdad entendida como una superposición de grados de acuerdo a los méritos. Estos méritos están  vinculados al pecado  original que mancilló en forma desigual a la humanidad.

“A una parte de la sociedad le corresponde el mérito de dirigir a la otra. Porque los de abajo son moralmente menos valiosos están subordinados a los que están a la cabeza (prelati), a los que hablan (predicatores), a los que dirigen (rectores),a los poderosos (potentes). Éstos pueden muy bien ser pobres, estar faltos de protección y ser despreciados…Por una sola razón: el pecado les ha mancillado menos que a otros. Toda la jerarquía procede de la desigual distribución entre los seres del mal y del bien, de la carne y del espíritu, de lo terrestre y de lo celeste. Porque los hombres están por naturaleza más o menos inclinados al pecado, es necesario que los menos culpables aseguren, de una manera asidua, afectuosa, obediente, la dirección del tropel”.[5]

En ambos discursos no solo se sustenta la desigualdad, sino también la sumisión, la obediencia  cuya contra partida es el poder de unos sobre otros. Esta desigualdad hay que mitigarla con la concordia  o sea, con la aceptación,  diría que amable, de tal diferencia, de tal desigualdad. Para ello se acude a la metáfora del cuerpo, algo natural, compuesto por muchos órganos diferentes que tienen también funciones diferentes, pero unidos en un solo cuerpo. Este depende del adecuado funcionamiento de cada una de la partes que lo componen planteándose una necesaria articulación de estas

“En nuestro cuerpo sólo hay un alma en donde reside la vida; pero numerosos son los miembros que poseen funciones diferentes; lo mismo sucede en la iglesia donde existe una única fe que debe practicarse en todas partes mediante la caridad pero en la que existen diferentes dignidades”.[6]

Continuando con esta desigualdad, en la Edad Media se estructura la teoría de los tres ordenes, que explican los tres sectores que componen la sociedad: los oratores, los bellatores y los laboratores.

 

Representacion de los Tres Ordene

La representación de los tres Ordenes que componen la sociedad medieval

 

Los Oratores  (el clero), cuya función es la de rezar y su responsabilidad es la de guiar al hombre a  su destino final: Dios. Esta función pueden cumplirla justamente por su condición de pureza y de sapiencia, al estar libres de toda corrupción carnal – sexual -. En este orden hay también jerarquías, en la cúspide de los oratores están los obispos, quienes ejercen sobre su diócesis su paternidad espiritual. El clero es entonces un engendro de los obispos que tienen un poder especial representado en el rito de la consagración  y la unción.

La consagración  simboliza el carácter sagrado, con el cual se tiene el don de la sapiencia, es decir de develar las verdades ocultas, la palabra que no esta al alcance de todos. En resumen es el intérprete de la palabra de Dios.

La unción impregna todo su cuerpo para siempre del poder divino, alejándolo de lo terrenal; lo coloca en un lugar intermedio equiparable a su  función: interceder, buscar la armonía entre lo divino y lo humano. Además le otorga la facultad de ejercer la autoridad recibida de su padre (dios).

Los Bellatores, su función es la de combatir o si se prefiere defender con la espada el orden terrenal, es decir mantener la paz que no reina en el mundo por ser imperfecto. De la misma manera que en el orden anterior existe una jerarquía, en este, el rey esta a la  cabeza; y al igual que los obispos delegan funciones en los sacerdotes, los reyes las delegan en los nobles. Pero dado el carácter sagrado (exclusivo) de los obispos, la función de los reyes solo puede ser refrendada por estos.

“Cristo ha encomendado a algunos hombres la misión de establecer su reino sobre la tierra por medio de la espada; los oratores, es decir, los obispos han entregado solemnemente a los reyes este objeto simbólico, instituyéndolos para hablar con propiedad, ordenándolos y asignándoles un servicio legitimo”.[7]

De acuerdo a lo anterior, en occidente el poder temporal era inferior al poder espiritual, el rey no tenia el carácter de sagrado, esta “cualidad”  solo la  logra con la ceremonia de  unción y  consagración, que si era practicada en oriente.

 “En el viejo mundo oriental, los reyes eran considerados, por supuesto, personajes sagrados. Su carácter sobrenatural quedaba señalado en muchos pueblos por una ceremonia de sentido muy claro: en ocasión de su advenimiento, eran ungidos en ciertas partes de su cuerpo con un óleo santificado previamente…”.[8]

La unción real surge en occidente en el reino Visigodo al rededor del siglo VII con la alianza entre el estado y la iglesia iniciada por rey Recaredo cuando las decisiones de los concilios son firmadas conjuntamente por el papa y el rey lo cual  afecta no solo la vida espiritual de los súbditos, sino también la vida civil.

La coronacion de Pipino el Breve por el  Papa  Esteban II

La coronación de Pipino el Breve por el Papa Esteban II

El primer rey franco en ser ungido fue Pipino el Breve en el año 754 por el  Papa  Esteban II;  a finales del siglo VIII se asumió este rito en Inglaterra, después se generalizo en todas las  monarquías occidentales

El Historiador M. Bloch señala como al ceremonial de la coronación real, se van incorporando otros rituales de entrega de símbolos por las dignidades eclesiásticas, haciendo del ceremonial político un ceremonial también religioso. De esta manera el monarca y su poder se elevan a la categoría de lo sacro.

“Desde la época de Carlos el Calvo en Francia y desde el siglo IX en Inglaterra, el rey fue, sucesivamente, ungido y coronado. En torno a los dos ritos    fundamentales se desarrolló rápidamente en todos los países un amplio ceremonial. Muy pronto se multiplicaron las insignias reales conferidas al nuevo soberano…apareció el cetro junto a la corona; y lo mismo se ve en los más antiguos textos litúrgicos ingleses. Estos emblemas, en su mayoría, eran antiguos; la innovación consistió en darles un papel en las pompas religiosas del advenimiento. En suma, la solemnidad reunió siempre los dos aspectos: por un lado la entrega de las insignias, entre las cuales la corona siguió siendo la principal; y por el otro, la unción, que se mantuvo, hasta el final, como el acto santificado por excelencia. De ese modo nació la consagración”.[9]

corona y cetro de Isabel la Catolica

corona y cetro de Isabel la Catolica

Trono de los reyes catolicos

Trono de los reyes católicos

 

Es el carácter de sagrado lo que permite ver al rey, como un ser “superior en autoridad, dignidad y gobierno”. Esta superioridad se fomenta con los ceremoniales que acompañan todos los actos que él preside. Con las demostraciones del poder que “apabullan” al común de la gente, en este caso a los súbditos, que con mayor o menor dificultad se someten a su autoridad, la reconocen y le rinden los honores propios de su condición de vasallos.

Carlos el Calvo ( 843 – 877) ostentando los símbolos del poder. Heredo la parte occidental del otrora Imperio Carolingio

Isabl-I de Inglaterra

Isabel I de Inglaterra (1558-1603) con el cetro el globo imperial y la corona

 

“Porque la naturaleza de la relación política continúa siendo otra y se establece sobre otras cosas: dispositivos simbólicos, prácticas fuertemente codificadas que se ejecutan según las reglas del ritual, de lo imaginario y sus proyecciones dramatizadas. Es merced a tales aretificios que puede ejercerse el dominio sobre la sociedad,… son estas estrategias las que cumplen la función de pantalla y producen imágenes cuyo superrealismo no coincide con las que, si le fuera posible, la realidad social impondría por ella misma”[10].

Fue esta evocación al origen divino del poder real, la que utilizaron los monarcas feudales para construir la monarquía absolutista, sustentando que el poder real le viene de Dios en cuanto la función del estado es el mantenimiento de la justicia y la paz de su reino. Este reino le fue encomendado por el legislador supremo, es decir,  por  Dios y no por sus pares. En este empeño, la monarquía francesa (que logro construir el absolutismo mas fuerte de Europa occidental), desde el siglo X, elimino del ceremonial de coronación, el juramento de fidelidad que el rey le hacia a sus pares y el reconocimiento de aclamación que a su vez, estos le hacían al rey.

Tanto la “autoridad Carismática” a la que se refiere Serge Moscovici, como el “poder taumaturgo” al que alude M. Bloch, fueron “dones” de los reyes, no propiamente por sus atributos personales, sino más bien, por el carácter de sagrado con el  que fueron  investidos.

En la Edad Media en particular, los nexos entre política y religión nos permiten aproximarnos al problema del poder. Este se “entroniza” justamente por su contenido religioso con el que están cargados los rituales, las insignias, los símbolos. “los signos característicos del poder en la Edad Media -corona, trono, globo imperial, cetro, la mano de la justicia, etc. – no han de estudiarse solo en si mismos. Deben reintegrase al contexto de actitudes y ceremonias del que formaban parte, y sobre todo deben examinarse a la luz del simbolismo político del cual deriva su verdadera significación.

Este simbolismo tenía sus profundas raíces en una semiología religiosa que convertía la esfera política en una provincia de lo religioso… El campo simbólico iba desde el objeto material mismo, pasaba por los ritos de la coronación y llegaba al reino real,  por un lado, y, por otro, abarcaba la idea abstracta de monarquía”.[11]

[1]  Duby, G. Los tres ördenes o lo imaginario del feudalismo.  Editorial Taurus , Madrid 1992. pag  123

[2]  Ibid  pag 32

[3]  San Agustien. Enarratio in Psalmis, 39, 6, pl 36, 466. citado por Duby en Los tres ordenes o lo imaginario de feudalismo. Editorial Taurus, Madrid 1992, pag 111

[4]   San Agustin.  La ordenada Concordia en La ciudad de Dios. Ediciones orbis, S.A. Barcelona 1985  16edicion dee pag 20

[5]  Duby, G.  op-cit  pag 110.

[6]  Ibid  pag 113

[7]  Ibid  pag 77

[8]  Bloch, M.  Los reyes Taumaturgos. Fondo de Cultura Economico, Mexico  pag 72

[9]  Ibid  pag  73.

[10] Balandier, G.  El poder en escenas. De la representación del poder al poder de la representación.  ediciones PAIDOS Barcelona  1994. pag 115

[11]   Le Goff, J. ¿Es la politica todavia el esqueleto de la Historia? en  Lo maravilloso y lo cotidiano en el occidente medieval.  editorial gedisa, Barcelona  1994.  pag 168

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en agosto 4, 2015 por .

Navegación

A %d blogueros les gusta esto: