Gloria Quintero Rojas

MISOGINIA Y AMOR EN LA EDAD MEDIA.

Gloria Eugenia Quintero R.

Misoginia y Amor.

Dos sentimientos opuestos respecto a la mujer medieval. El primero la condena, el segundo la rescata. Pero, ¿hasta dónde es esto cierto?

Las representaciones mentales de una época las construyen los sectores que no sólo tienen “voz”, sino que además sus voces se “hacen oír”; independientemente del hecho, de que el discurso provenga de una minoría.  Estos sectores en la Edad Media eran: el clero y la nobleza. El primero tenía en sus manos la sapiencia y la ley de Dios, su condición era la pureza, libres de toda corrupción carnal -sexual y alimenticia-; y los segundos tenían las tierras, su condición no era la pureza, pero su “corrupción” se reglamentaba con el matrimonio el cual permitía la descendencia, y ésta descendencia garantizaba la posesión de las tierras.      

La sociedad Medieval era MISÓGINA, y lo era porque fueron  los parámetros cristianos los que rigieron el pensamiento medieval. La mujer imaginada por la doctrina cristiana no sólo retomó de la Antigüedad Clásica la concepción  de inferioridad, sino que además le incorporó la CULPA. Es decir, no sólo era incapaz, lo cual la subordinaba al poder del hombre, sino que también la hacia débil, susceptible al “mal”, a la corrupción. Fue su debilidad y su capacidad de seducción la que condujo al castigo de la humanidad.

De acuerdo a la obra de la creación (El Génesis), la mujer fue creada no a imagen y semejanza de Dios, como fue el caso del hombre, sino a partir de éste

 ” …Entonces Yavhe Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yavhe Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces este exclamó: esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada”.

Puede inferirse de este hecho, que la mujer era tan sólo un apéndice del hombre, lo cual prefigura su condición de inferioridad.

La culpa tiene que ver con la seducción, fue ella quien por su debilidad recibió el fruto prohibido y sedujo a su marido para que quebrantara la prohibición divina. Por tal  actitud fueron expulsados del paraíso y castigados, la una al sufrimiento de los dolores del parto (consecuencias de una sexualidad), y el otro al trabajo.

” …tantas haré tus fatigas cuanto sean tus embarazos. Con dolor parirás tus hijos . Hacia tu marido irá tu apetencia y el te dominará”. Al hombre Dios le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer… con fatiga sacarás del suelo el alimento, todos los días de tu vida… Con el sudor de tu rostro comerás el pan”.

la serpiente señala a Eva como responsable del pecado original

Padres de la Iglesia, como San Agustín, San Pablo, Santo Tomas, contribuyeron a la construcción de una imagen negativa de la mujer. Eva se convirtió en el símbolo del pecado, fuente del mal, y sus congéneres heredaron su imagen. El primero se refiere a la mujer  como “Una bestia que no es firme ni constante, llena de odio, que alimenta maldades…es fuente de todas las discrepancias, querellas o injusticias”.[1] El Segundo la supedita claramente  a la autoridad masculina,

“Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo. Las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la iglesia, el salvador del cuerpo. Así también las mujeres deben estarlo de sus maridos en todo”[2].

El tercero establece una estructura familiar jerárquica en cuya cúspide está el varón, a quien mujer e hijos le deben obediencia.

“En el ejercicio de esta función puede el varón hacerse obedecer, aun en contra de la voluntad de la mujer, y corregirla con palabras o azotes si fuera necesario”.[3]

Esta condición de subordinación femenina es consecuencia no sólo del orden de la creación, sino también por ser responsable  del pecado original. “Esta sujeción es también en pena del pecado original y por la debilidad femenina” [4]

Los clérigos, primer orden de la sociedad medieval, son los detentadores y propagadores de los modelos de comportamiento; son quienes, con la sapiencia que les es propia,  develan las verdades ocultas; son los poseedores de la palabra, y  también los interpretes de la palabra de Dios. Su voz es la que se escucha desde los púlpitos, ellos, que han renunciado a la vida mundana, dan la visión de la mujer. Es de entenderse que en su temor a estos seres voluptuosos los plantearan como seres peligrosos, generando una verdadera misoginia. Veamos algunos ejemplos:

Jaime de Vitry predicador del siglo XIII.

“Entre Adán y Dios, en el Paraíso, sólo había una mujer, y no descansó hasta conseguir expulsar a su marido del Jardín de las Delicias y condenar a Cristo al tormento de la Cruz”[5].

Geoffroy de Vendome, monje francés Benedictino, abate de Vendome muerto en 1132.

” …con su persuasión, este sexo ha abusado del primer hombre, y con su pregunta ha circunscrito al Apóstol Pedro. Ha empujado al primero a la transgresión y al segundo a la negación…a todos los que este sexo aduce, o bien los excluye de la vida, como a Pedro de Cristo, o bien los incluye en la muerte, como Adán en el Paraíso”[6].

Roberto Holcot fraile Dominico del siglo XIII.

Hace alusión a la locuacidad femenina. Esto se debe según Holcot a la mayor “humedad superflua” que tienen las mujeres, lo cual les permite  que la lengua se mueva fácilmente en la boca, a diferencia del hombre cuya boca es mas seca.

Marbode de Rennes, clérigo secular francés, muerto en 1123. Obispo de Rennes.  

“…tentadora, hechicera, serpiente, peste, polilla, prurito, veneno, llama, embriaguez”. Continúa refiriéndose a la sexualidad. “Cuál es el resultado de esas experiencias escandalosas, de esos rozamientos insensatos, sino los vientres de las mujeres tensos por el embarazo y que estallarán como viejos odres llenos de vino nuevo”[7].

Hildeberto de Lavardin, clérigo secular francés, Obispo de Mans en 1096; en 1125 se traslada a Tours.

“La mujer, una cosa frágil, nunca constante, salvo en el crimen, jamás deja de ser nociva espontáneamente. La mujer, llama voraz, locura extrema, enemiga íntima, aprende y enseña todo lo que puede perjudicar. La mujer, vil fórum, cosa pública, nacida para engañar, piensa haber triunfado cuando puede ser culpable. onsumándolo todo en el vicio, es consumida por todos y predadora de los hombres, se vuelve ella misma su presa”[8].

En el orden natural que regía el universo medieval, primaba la división dual cuerpo-alma, carne-espiritu entendidos como negativo-positivo. Mientras el cuerpo era efímero, corruptible, tendía al pecado y era peligroso;  el alma era lo inmortal y tendía a la perfección. Por consiguiente, al cuerpo habia que vigilarlo ya que era  “la cárcel del alma”, “el lastre que el alma debe arrastrar”.

” Es necesario velar sobre este cuerpo, y muy especialmente sobre los huecos que horadan la muralla y por los que puede infiltrase el enemigo. Los moralistas incitan a montar la guardia ante esas poternas, esas ventanas que son los ojos, la boca, los oídos, la nariz, ya que es por ellos por donde penetran el gusto del mundo y el pecado, la corrupción…”[9].

Pero dado de que la mujer era símbolo de debilidad y de corrupción, el cuerpo femenino debía ser objeto de especial vigilancia, y esta vigilancia la subordinaba una vez más, al hombre quien era su guardián.

” Reflejo del de Adán pero invertido, como en un espejo (y en particular en lo que se refiere a los órganos sexuales, que son de la misma estructura, pero vueltos, introvertidos, más secretos, o sea más privados, pero también, como todo lo que se oculta, sospechosos), el cuerpo femenino, más permeable a la corrupción por menos cerrado, requiere una vigilancia más atententa, y es el hombre a quien le corresponde ejercerla. La mujer no puede vivir sin un hombre, debe estar en poder de un hombre. Anatómicamente, está destinada a permanecer encerrada, en un recinto suplementario, a mantenerse en el seno de la casa, a no salir de ella más que escoltada… Hay que levantar un muro ante su cuerpo, el muro, precisamente de la vida privada. Por naturaleza, por la naturaleza de su cuerpo resulta peligroso. Se halla en peligro y es fuente de peligro: el hombre pierde por él su honor, corre el riesgo de extraviarse por su culpa, por esa trampa tanto más peligrosa cuanto más dispuesta está  para seducir”[10].

El siglo XIII fue muy prolifero en tratados escritos para orientar la conducta femenina. Estos tratados no eran sólo asunto de los clérigos, los nobles también escribieron para sus hijas.

Luis IX, rey de Francia entre los años 1226-1270, Le escribió  a su hija la reina de Navarra recomendándole, además de la caridad, la protección de su reputación rodeándose de mujeres irreprochables y practicando la obediencia a su marido.

Vicente de Beauvais, consejero dominico de Luis IX entre los años 1226-1270, Escribió un tratado a la reina sobre la educación que debía darle a sus hijos, en el cual  las referencias hechas a la educación femenina se reducían a la castidad.

El Caballero de la Tour Landry, noble de Anjou en el siglo XIV, Escribió para sus tres hijas una serie de instrucciones en las que les recomendaba,  entre otras cosa, cómo hacer obras de caridad,  cómo obtener y conservar un marido y cómo educar a sus hijos en la ley de Dios con la ayuda de lecturas   adecuadas.

Un Burgués del siglo XIV le recomendaba a su esposa la sumisión y la humildad.

También se encuentran  instructivos escritos por mujeres, aunque menos abundantes. Al finalizar la Edad Media tenemos a Christina de Pisan, quien vivía en la corte francesa. Uno de sus escritos, Las tres virtudes o el tesoro de la ciudad de las Damas, es un tratado de  consejos a las mujeres de acuerdo a su condición social  y a los deberes que desde esta condición les corresponde.

A todas les recomienda sin distinción: La Castidad y la prudencia. La mujer  debe guardar ante todo su  reputación. Sin embargo Christina de Pisan, a pesar de dichas recomendaciones, se queja en su libro La ciudad de las Damas, de su infortunio por ser mujer:

“En mi locura, me desesperaba el que Dios me hubiese hecho nacer en un cuerpo femenino… como si la naturaleza hubiera engendrado monstruos…”[11].

En las cartas que Eloísa escribió a Abelardo -aunque su autoría está en discusión-,  se aprecia, a pesar de la intrepidez en los reclamos que ésta le hace, la completa sumisión de Eloísa a su marido tal como era el “orden natural”, la costumbre, y como lo mandaba la religión.

“El amor me llevó a tal locura, que me arrebató lo que más quería y sin esperanza de recuperarlo, pues obedeciendo al instante tu mandato, cambié mi hábito junto con mi pensamiento. Quería demostrarte con ello que tú eras el único dueño de mi cuerpo y de mi voluntad.

…Dime tan sólo una cosa, si es que puedes, Por qué -después de mi entrada en religión, que tú decidiste por mi- he caído en tanto desprecio y olvido por tu parte, que, ni siquiera te dignas dirigirme una palabra cuando estás presente, ni una carta de consuelo en tu ausencia?…

…No fue la vocación religiosa la que arrastró a esta jovencita a la austeridad de la vida monástica, sino tu mandato. Te seguí a tomar el hábito cuando tu corrías hacia Dios, incluso te me adelantaste. Pensando quizá en la mujer de Lot que se volvió a mirar atrás, tú mismo me pusiste el velo y tomaste mis votos monásticos antes de entregarte tú mismo a Dios”[12].

Hoy podríamos decir que tal sumisión no obedece a cosa distinta que  al amor. Pero  mi pregunta es: ¿hasta dónde es posible pensar que estas mujeres medievales, que  respiraron por doquier el sentimiento de inferioridad, que fueron  confinadas a la vida domestica o monacal, que también fueron  marginadas de las universidades cuando éstas hicieron su  irrupción; ellas que  escucharon desde los  púlpitos las sentencias sobre su condición femenina, que  recibieron una “educación” centrada en  como ser una buena esposa; mujeres cuyos bienes pasaban ante sus ojos deslizándose en las manos de sus  familiares masculinos; pudieron tener otra opción a la de asumir su inferioridad y doblegarce ante los hombres que las rodeaban?

Está afirmación de Eloisa que todo lo hizo por su gran amor a Abelardo, aún el hecho de casarse, nos evidencia la sumisión que le debía la mujer al hombre, ella que se había destacado por su rebeldía, no fue capaz de sustraerse totalmente a la superioridad masculina, y termino por doblegarse a la voluntad de su amado. Porque  al casarse Eloisa quedaba unida, supeditada a Abelardo como su Marido,  no por su amor, sino por su condición de esposa.

“Casada Eloisa ya no se pertenece a sí misma. Se ha dado toda entera. No espera nada a cambio, afanándose por satisfacer las voluptuosidades, o voluntades,  de su señor, no las propias. En estado de absoluta sumisión”.[13]

 

El AMOR

Sentimiento que se propaga en el siglo XII y XIII,  en principio nos muestra una  visión nueva de la mujer. La mujer aparece ahora como objeto de “adoración”. Adoración que   se expresa en el Culto a María  y en el Amor Cortés.

Este sentimiento responde a un ideal romántico de un “mundo” que está en mutación, un mundo que ha abierto sus fronteras,  que indudablemente se ha hecho mas complejo no sólo en  la vida económica, sino también en sus aspectos intelectuales y artísticos. La ciudad irrumpe con nuevos ritmos y nuevos valores. El Hombre se yergue orgulloso de su humanidad, se sabe señor de la tierra y copartícipe de la obra de la creación.  Este nuevo hombre le canta al amor, al amor divino y al amor mundano.  Pero este amor no es “real”, es tan sólo un ideal y por consiguiente la mujer, objeto de estos sentimientos también es un ideal.

María- Virgen y Madre

Una mujer  redime la humanidad, al igual que otra la había condenado. ¿Pero de qué manera María pudo ser la madre del Salvador?. Recordemos que su maternidad es divina, no humana; que María es ante todo virgen; que Cristo fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Desde el siglo V, estas verdades de fe fueron proclamadas por el Concilio de  Éfeso en el año 431 y por el Concilio de Calcedonia en el año 451. En la Edad Media nadie dudaba de estas verdades.

Virginidad,  castidad,  pureza son los atributos de María, a ella se le ama, no por ser mujer, sino por sus virtudes, por lo que no eran las hijas de Eva. El culto Mariano era un culto a la virginidad. María se convirtió así en el modelo de mujer, aquélla que hay que imitar; esta devoción se propagó a todos los sectores sociales, las capillas dedicadas a su devoción se multiplicaron, al igual que las peregrinaciones a los santuarios construidos en su nombre. Pero María no es mujer, como lo afirma Jacques Dalarun, “…alabar a la Virgen Madre no es, en absoluto, rendir homenaje al conjunto de sus más modestas hermanas”[14]. Ella  está sola,  no tiene parangón; recuérdese que es “bendita  entre todas las mujeres”

No creo, entonces, que este amor desplegado hacia ese modelo de mujer estuviera reivindicando a la mujer  medieval; por el contrario, me atrevo a afirmar que permitió un mayor control, sobre lo que esta sociedad predominantemente masculina entendía como su “debilidad”,  encauzando con la imagen de María esta peligrosa naturaleza femenina.

EL AMOR CORTÉS

Era ante todoun juego de valentía, puesto que la mujer amada era una “dama”, es decir  estaba casada con un señor de mayor jerarquía, por consiguiente el amado estaba respecto a ella en condición de vasallo (de inferioridad) y, como tal, servía “humildemente” a su dama; le rendía  los honores propios de un Gran Señor. Pero su amor lo ponía en peligro, su atrevimiento ponía en juego su vida, de ahí que este amor no pudiera ser público. El secreto debía ser guardado y para ello se recurría a los códigos del arte del amor: el  mantener siempre  la atención de su amada y esto lo lograba con el Valor mostrado al enfrentar el peligro.

Se trataba de un joven sin esposa y que no había concluido su educación. La mujer pretendida era prohibida y el adulterio de una mujer era concebido como la peor de las ofensas al honor del “hombre”. Era un juego en el que estaban implicados no sólo los amados, sino también   el marido, es decir, el rival quien, como se había planteado, era un contrincante poderoso que estaba expectante. Este joven en su cortejo no sólo atraía la atención de la dama, también la del señor; no solo buscaba el amor, sino el reconocimiento de éste, que si bien no lo premiaba con la donación de su amada, si lo podía  premiar con un feudo, aquél del cual él carecía.

“Para los jóvenes, este tipo de donación era la recompensa más deseable. Hacia ella tendía toda la emulación que tenía la corte como escenario”[15].

El héroe en todas las novelas de amor cortes, es siempre el hombre, la mujer es tan sólo una prenda, yo diría que el trofeo, no siempre alcanzado, pero siempre presente.  Incluso la dama nunca deja de se ser peligrosa, porque aleja al caballero de sus deberes. No es sino que recordemos a Erec y Enid, donde el protagonista se entrega al amor abandonando todo hecho de armas, por lo que es criticado por sus compañeros  y, para salvar su prestigio, debe emprender nuevamente la aventura.

En Tristán e Isolda, los protagonistas son víctimas de un filtro, de un brebaje  – preparado por mujeres -, que los enajena en un amor salvaje, desmedido, un  loco  deseo. Ella es la prometida del rey, quien además es tío materno  de Tristán.  Tristán conduce a Iseo ante el rey, pero es arrastrado por el   amor    irresponsable que en vano trata de controlar.

No es posible negar que en el amor cortés  la mujer es amada, y que además ella toma parte activa en el juego, ella debía prolongarlo y seguramente lo disfrutaba. Pero lo que está en juego no es el amor, es el valor, el valor no solo de las hazañas por el caballero realizadas, sino también, el control, el dominio de si mismo, la paciencia formadora para alcanzar su objetivo.

“…El amor cortés, mediante la servidumbre simulada del caballero a la dama elegida, mediante sus largas etapas, sus satisfacciones quiméricas y graduales, fue el remedio ideológico más eficaz frente a las contradicciones internas de la sociedad aristocrática. Por otra parte nunca dejo de ser un juego de hombres…Las mujeres nunca dejaron de ser comparsas, señuelos, en cualquier caso simples objetos. Todos los poemas del amor cortés fueron cantados por hombres, y el deseo que exaltaban era siempre un deseo masculino”[16] .


[1]  San  Agustín.  Sueños de Vergel, libro V Cap CXLVII. citado  por E. Badinter  En:  Existe el Amor Maternal ? Editorial  Paidós, Barcelona  1981, p 22.

[2]  San Pablo. Epístola a los Efesios, moral familiar. Col 3-18-4 .

[3]  Ortega,  Sergio. El discurso Teológico de Santo Tomas   de Aquino sobre el Matrimonio, la familia y los comportamientos sexuales.  En: El Placer de Pecar y el Afán de Normar. Seminario de Historia de las Mentalidades, México  1987, p 51

[4]  Idem, p 51

[5]  Power, Eileen.  Mujeres Medievales. Ediciones Encuentro, Madrid  1992, p  20

[6]  Geoffroy  de Vendome.  Citado  por Dalarun, Jacques.  En:  La mujer a ojos de los clérigos. Historia de las mujeres tomo 3,. Editorial Taurus  Madrid  1992. p 35

[7]  Morbode de Rennes .  Citado por  Dalarun Jacques,  op,cit  p 37.

[8]  Hildeberto de  Vendome, citado por Dalarun Jacques , Op,cit  p  37.

[9]  Duby, George.  Situación de la soledad, siglos  XI-XIII.  En: La emergencia del individuo. Historia de la vida privada. Editorial Taurus, Madrid  1990, tomo 4,  p  215.

[10]  Idem. p 215

[11] Christine de Pisan .  La ciudad de las Damas. Citada  por Chistiane Klapech-Zuber. En:  la introducción  a La mujer en la familia y en la sociedad, en Historia de las Mujeres. Editorial  Taurus Madrid  tomo  3,  p  11.

[12]  Cartas de Abelardo y Eloisa. Traducción y notas de Pedro Santidrián y Manuela Astruga. Alianza Editorial , Madrid  1993  pag 104, 107 y 108

[13]  Duby, Georges.  Eloisa.  En: Damas del siglo XII. Alianza Editorial, Madrid  1995,  p 90.

[14] Dalarun, Jacques. Op, cit  p 39.

[15]  Duby, Georges.  Le Roman de la Rose,  En: El Amor en la Edad Media y otros ensayos. Alianza  Editorial  Madrid 1990,  p  82.

[16]  Ibid,  p  83.

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Esta entrada fue publicada en septiembre 17, 2012 por .

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